Mi atardecer

Katherine sentada en un mirador contemplando un atardecer

Han pasado casi cinco años desde que experimenté mi primer síntoma, aquel que paralizó mi alma y me llevó a descubrir el miedo verdadero. Recuerdo cuando una amiga me advirtió: «Cuidado, se te queda así el dedo». Cuando la doctora mencionó: «Me recuerdas a una paciente con esclerosis múltiple». O cuando mis compañeros me dijeron: «Te vemos mal, te vamos a agendar con un neurólogo». Incluso en la clínica me ofrecieron un permiso por discapacidad.

Ha sido un largo camino sin respuestas, lleno de decenas de exámenes, muchos médicos y numerosas terapias. Después de cuatro años sin diagnóstico, parecía que nada cambiaría, hasta que un día mi expediente mencionó un estudio por enfermedad de las neuronas motoras. Ya había recibido tantos diagnósticos vagos que ni importancia le di. Finalmente, sin esperarlo, llegó el diagnóstico definitivo: Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una enfermedad degenerativa sin cura, con una esperanza de vida de 3 a 5 años, común en hombres de la tercera edad. En el instante que escuché esas palabras, mi vida pasó como una película por mi mente.

Ese día, Dios puso en mi corazón la palabra «milagro». Me llevó tiempo entender que cada día de mi vida es un milagro. Ya superé las expectativas de vida y confío en que cada día que me queda será hermoso y valdrá la pena.

Esta etapa de mi vida la llamo mi atardecer. Siempre he encontrado una magia especial en los atardeceres. Me conmueve hasta el alma esa mezcla de colores, esa belleza que aparece minutos antes de que todo oscurezca. Hay quienes encuentran esta magia en un amanecer, pero lo mío siempre han sido los celajes. Quizás es el romanticismo o esa belleza que el sol genera justo antes de desaparecer.

Hoy me encuentro en mi propio atardecer. Nunca había disfrutado tanto de la vida como ahora. Mis días ahora tienen los colores más brillantes. Los planes a largo plazo ya no existen; me he permitido ser y vivir cada instante.

“Eres muy fuerte”, me dicen muchos. Pero yo simplemente sobrevivo a lo que la vida me puso enfrente y no quiero romantizar esto, porque apesta, no lo podemos negar. He mantenido mi diagnóstico muy privado, preparándome para ser vulnerable.

Entendí aquellas palabras que me dijeron: «Eres luz para otros», y estoy lista para recibir el amor de quienes me rodean y enfrentar esto juntos..

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