La Vida Perfecta: Un Viaje de Ilusiones y Realidades

Desde adolescente, tenía mi vida planeada con mucha precisión, construida sobre muchas ilusiones y estereotipos. En mi diario, anoté mi plan de vida con fechas para todo: noviazgo, graduación, matrimonio e hijos.

Mi plan funcionó por varios años. El amor llegó a mi vida a los 15 años. Viví una historia digna de un cuento de hadas. Me enamoré de mi mejor amigo sin planearlo. La chispa surgió de las extensas conversaciones de camino de la iglesia a mi casa, donde me acompañaba para que llegara segura. Con los abrazos más acogedores que he recibido, fue rompiendo una fortaleza que había construido para no ser lastimada de nuevo. Fue un amor paciente que parecía imposible, y nos tocó esperar al momento adecuado.

Tres largos años después, nos hicimos novios, tal y como el plan. Tuvimos una relación hermosa, compartimos sueños y miedos. Construimos nuestro plan de vida: una boda sencilla, un alquiler económico para ahorrar para nuestra casa, comprar una casita pequeña y tener hijos. Nos casamos cuando tenía 21 años, apenas unos meses después de terminar mi carrera universitaria. Con pocos ingresos económicos, pero con un amor inmensurable, fuimos cumpliendo nuestros sueños uno a uno.

Aún recuerdo pequeños grandes logros como mi primer celular inteligente, nuestro primer mueble para la casa y el primer viaje al extranjero. Cada cosa, por más simple que fuera, la vivimos juntos con mucha intensidad. Crecimos tanto juntos que llegamos más allá de lo soñado.

¡Nadie me advirtió lo obvio! Que la vida no podía ser tan perfecta, ni se pueden cumplir todas las metas trazadas. Quizás la buena suerte me engañó, pues aquel plan de mi diario se había convertido en realidad en su mayoría. Pero, construía castillos en el aire. Pasé los primeros 28 años de mi vida creyendo que la vida se trataba de obtener grandes logros y cumplir expectativas, hasta que mi cuerpo me puso un alto ¡Llegó el momento de parar! Ahí, en la pausa, aprendí lo más importante.

Todo comenzó con un dedo débil, pero mi agenda estaba demasiado ocupada para darle importancia. No había tiempo para mi bienestar entre mis estudios de posgrado, perseguir un ascenso laboral, perseguir una vida «saludable», ser la líder perfecta en la iglesia y muchas otras ocupaciones sin sentido. Poco a poco, mis síntomas fueron aumentando: mi pierna y mi mano estaban cada vez más débiles. A medida que aumentaban, crecía mi miedo. Mi único mecanismo de defensa era no enfrentar la realidad, manteniéndome ocupada. Los médicos no encontraban una causa, en ese momento llegó la pandemia, el refugio perfecto para ignorar la realidad entre toneladas de trabajo sin salir de casa.

Seguían apareciendo nuevos síntomas cada vez peores, hasta que logré escuchar a mi cuerpo y entender que era hora de detenerme y sanar, pero no solo mi cuerpo, sino mi mente, mi corazón, mi alma. Descubrí que la vida que estaba viviendo, aunque parecía perfecta y me daba mucha satisfacción al cumplir mi plan, no dejaba espacio para fallar, para sentir, para celebrar. Aprendí a estar presente, a conectar con aquellos que me rodean, a conocer gente nueva. Encontré deleite en pequeñas cosas como pintar, que no me llevarían a grandes logros, sino solo a disfrutar.

Justo cuando aprendí a vivir la vida, llegó mi diagnóstico de ELA. Justo ahora que todo tiene más sentido. Me pregunto frecuentemente cómo hubiera enfrentado mi diagnóstico si hubiera llegado antes. Creo fielmente que todo tiene su tiempo y que todo sucede en el momento correcto.

Ahora soy consciente de que la vida no puede ser planeada, que algunos sueños no se harán realidad y eso duele en lo más profundo. Pero, aún así, todavía tengo muchos sueños: sueño con muchos cumpleaños más, con mi próximo viaje, con que algún día llegue una cura. No dejaré de soñar, pero ahora aprendí que la vida no solo se trata de grandes logros y que también los sueños nos llenan de esperanza, aunque nunca se cumplan.

En este momento, lo más valioso es estar presente, vivir y sentir cada instante. La verdadera perfección está en vivir cada momento con autenticidad y en encontrar belleza en lo impredecible.

¡Hacer magia del desastre!

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