Llorar de miedo

Era inicios de enero del 2024, y aunque era solo una cita médica más, la ansiedad me tenía al límite. Todas las noches me desvelaba pensando en posibles escenarios terribles. No sé si era ansiedad o un presentimiento, pero sabía que no podía enfrentar esta cita sola. Mi esposo no podía acompañarme ese día, pero le supliqué que viniera conmigo.

Johan es el único con quien me siento cómoda siendo vulnerable. Me conoce tan bien que, simplemente con él a mi lado, no puedo hacerme la fuerte. Hicimos un enredado plan: mi suegra me acompañaría de ida y vuelta, pero Johan iría en moto y luego se iría a su trabajo. Llegaría tarde, pero yo lo necesitaba allí.

No supe cómo explicarle a mi suegra por qué Johan estaba allí, aunque ella era mi acompañante. ¿Qué podía decirle? “Tengo tanto miedo que necesito a mi esposo aquí”. Mi máscara de siempre fuerte no me lo permitiría. Simplemente actué como si todo fuera normal.

La espera fuera del consultorio era eterna; mi esposo trataba de calmar mi ansiedad distrayéndome con historias de su trabajo. Mi suegra sabía que este médico era el mejor del país para evaluar mi condición y estaba muy esperanzada.

Finalmente, al entrar, pude percibir la cara del médico. Parecía que reconocía mis síntomas sin duda alguna. Luego de un análisis detallado, llegó el momento que detuvo el tiempo para marcar un antes y un después. “Tenemos que considerar que puede ser ELA”. Me sentí como si abandonara mi cuerpo por un segundo y fuera espectadora de una escena en una película: ¿Me estaba muriendo? ¿Aquí se acababa todo? Eran tantos pensamientos atropellándose a la vez. Traté de controlarme y pretender que todo estaba bien, y al segundo siguiente volví a ver a Johan y pensé “no quiero esto para nosotros” y lloré desconsoladamente como una niña asustada; lloré de miedo.

El médico nos explicó que faltaban unos exámenes para confirmar el diagnóstico. Terminamos la consulta con un sabio consejo del Dr. Gutiérrez: “Disfruta la vida, que no se ha acabado”. Nos compartió algunas recomendaciones de lugares para visitar en nuestro próximo viaje a Europa dentro de tres meses.

Ambos salimos de allí sin poder decir una sola palabra. Cada uno volvió al trabajo ese día. En el viaje de regreso, simplemente dije que me tenían que hacer más exámenes para saber qué era. No quería contarle a nadie; para qué iban a sufrir con algo que podía no ser.

Ese día pedí a mi compañera de trabajo que me apoyara en unas reuniones, pues simplemente no podía más. Necesitaba desahogarme y le conté lo que estaba pasando. Sin planearlo, Kari fue esa fuerza que necesitaba en ese momento. Fue la única que supo durante los siguientes seis meses.

Johan se vino del trabajo lo más temprano que pudo. Llegó, nos abrazamos y lloramos juntos; no había mucho que decir, pero ahí estábamos, llenos de miedo y amor de ese que es para toda la vida.

La electromiografía llegó hasta mayo. Ahí mismo, el médico nos dijo que todo apuntaba a que era ELA, pero lo mejor era internarme para acelerar los exámenes y descartar otras posibilidades.

El 6 de junio íbamos de camino a una aventura más, pero esta vez no íbamos a un aeropuerto. Un silencio nos invadía. ¿Qué se dice cuando la más ruda realidad es cada vez más palpable? La noche anterior fue la más dura y más sincera en años, estando de frente al fantasma que nos acecha: “el tiempo me obligará a abandonarte”.

Y llegó la hora. No me reconocía; quería ser la mujer fuerte de siempre, pero el miedo me cortaba la respiración. No podía razonar, solo tratar de distraerme para no llorar, distraerme con un poco de trabajo para sentirme empoderada. La recepcionista que estaba tramitando mi ingreso al hospital hizo el típico comentario: “¡Cómo trabajas!”, generándome orgullo y enojo a la vez. Todos eran grandes recordatorios de que debía ser vulnerable y que allí se me caía mi máscara de siempre fuerte.

Me ingresaron a mi cama y me pidieron ponerme la ropa de hospital. Mientras Johan me ayudaba a cambiarme, sentí unas ganas desesperadas de llorar; de nuevo lloré de miedo como una niña. Ahí estaba de nuevo una versión tan vulnerable de mí que no quería dejar salir.

Aún nadie sabía por qué estaba allí. A todos les dije que era solo para terapia y más exámenes. Esa primera noche internada escribí esto:

La pregunta es si debo luchar por ser fuerte o ceder y ser vulnerable. O quizá no son excluyentes. Lo único que sé es que tendré una mejor versión de mí al final.

Hoy, un año después, le diría a esa Katherine: “Todo va a estar bien. Se puede ser vulnerable y valiente a la vez. La vulnerabilidad simplemente te hace más fuerte a ti y a los que te rodean”.

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