Hoy llegué a mis 33 años. Suena simple, pero no lo es. Me he dado cuenta de que estoy rodeada de privilegios.
¡Cumplir años es un privilegio!
Hace unos meses, en un almuerzo de cumpleaños, la cumpleañera decía en tono de broma: “Cumplo 40 y ya no más”. Todos se rieron, menos yo. Para mis adentros pensé: “Lo que yo daría por llegar a más de 40”. Otro día, alguien mencionaba el temor de llegar a la tercera edad, y yo solo escuchaba a mi corazón gritando un fuerte anhelo “yo quiero llegar a ser viejita “.
Me encanta celebrar mis cumpleaños con la misma ilusión que cuando era niña. Desde mi diagnóstico, ya no se trata simplemente de una fecha importante. Ahora, cada cumpleaños es una meta cumplida, un año más de supervivencia. Entiendo que hacerse viejo puede asustar, pero créanme, asusta más no poder hacerlo.

El privilegio de pertenecer y ser amado
Este año planeé mi celebración con mucho detalle. Soy buena planificando, y cada aspecto estaba cuidadosamente calculado. Pero me di cuenta de algo importante: mi plan solo sería perfecto si estaba rodeada de esas personas que llenan mi vida de colores y alegría, aquellas que me aprecian desde el fondo de su corazón. Hubo épocas en las que tuve muy poco amor genuino a mi alrededor, y hoy me siento afortunada de estar rodeada de tantas personas que me demuestran ese cariño de formas diversas.
En mi infancia sufrí por muchos años en la soledad, deseando pertenecer o simplemente tener un amigo. Y por eso hoy me llena el alma ser amada y pertenecer.

Nunca des por hecho a quienes te aprecian, porque no todos tienen ese privilegio.
Hoy solo mencionaré estos, pero te invito a reflexionar: ¿qué privilegios tienes que estás dando por sentado?


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