Ya han pasado 100 días de este viaje increíble. Grecia nos recibió con el amanecer más hermoso que he visto en mi vida. Los griegos tienen una calidez única, de esas que no se explican: se viven.
En nuestro primer día, mientras esperábamos el Uber para ir a cenar, nuestra vecina de enfrente nos saludó y nos preguntó para dónde íbamos. Le contamos que íbamos a una zona que, según mi exhaustiva investigación, era de las mejores para cenar. De repente dijo:
—Vamos.
Y caminó unos pasos.
Intentamos explicarle que yo no podía caminar mucho y que ya habíamos pedido taxi. Nos miró decepcionada:
—¿Por qué?
Insistió en que era solo un poquito.
En ese momento llegó el Uber. Como estábamos en una calle tipo alameda, paró unos 50 metros cuesta arriba. Nuestra vecina levantó la mano:
—Espere, espere.
Fue a hablar con el chofer, le explicó la situación y le pidió que entrara a recogernos. Luego se despidió deseándonos suerte.
Ya en el taxi, el chofer vio nuestro destino y, con su poco inglés, nos preguntó extrañado para dónde íbamos.
—A cenar. ¿Nos recomienda algún lugar?
No entendió nuestro acento 🤷🏼♀️, pero no se quedó ahí. Sacó Google Translator 💖 y preguntó:
—¿Qué tipo de comida les gusta?
—Carnes.
—¿Y quieren irse de fiesta?
—Nooo 😅 —respondimos riendo.
—Ah, ok, no se preocupen.
Nos dejó a unas pocas calles, en una zona llena de restaurantes.
—Aquí es mejor.
Elegimos uno cualquiera. El mesero, simpatiquísimo, nos preguntó dónde queríamos sentarnos.
—En cualquier lugar.
Nos llevó al fondo y… sorpresa: una vista impresionante hacia el Partenón.
Así comenzó nuestro viaje: con una de las mejores cenas de la vida, en el lugar perfecto.
Este viaje fue distinto. Hice un plan, pero solo como guía. Dejamos que todo fluyera. El itinerario fue más relajado, nos perdimos algunos lugares, hicimos muchísimas pausas… y disfrutamos cada momento.
Grecia despertó algo en mí que no entendí de inmediato.
Al regresar al trabajo, el golpe fue abrumador. Esto es común después de vacaciones, pero esta vez fue diferente. Luego de casi cuatro semanas en *modo fluir*, el ritmo corporativo de una transnacional dejó de ser tan atractivo.
Hace casi tres años recibí mi diagnóstico, y ya son siete los años conviviendo con esta enfermedad. En mis citas médicas suelen asumir que no trabajo, y yo —llena de orgullo— siempre los corrijo.
Mi trabajo es sumamente retador. Requiere habilidades complejas de encontrar y, a lo largo de mi carrera, he liderado con éxito proyectos de miles de dólares. ¡Yo!, que crecí en un pueblo rural. Sin duda, mi carrera profesional ha sido uno de mis grandes orgullos.
Por eso, desde que enfermé, mi meta ha sido clara: trabajar siempre que me sea posible, pero con una condición irrenunciable: No perder el balance de vida.
Quienes me conocen o han leído mis textos saben que este proceso ha sido largo y profundo. Como parte de mi legado, quiero transmitir este mensaje a otros. Esa misma semana de mi regreso, con la ayuda de una mentora, definí este propósito:
“Mi historia inspira y motiva a otros. Por eso quiero compartirla, para que sean conscientes del precio que pagan al buscar el éxito laboral.”
Pero… un momento.
¿Qué precio estoy pagando yo? 🤯
Veamos los hechos:
– Jornada laboral de 42 horas
– Cuatro días de 8 a.m. a 6 p.m.
– Terapia física durante mi hora de almuerzo para no “perder” tiempo
– Carga mental muy alta, propia del puesto
– Citas médicas que priorizo… pero luego compenso asegurándome de que todo haya quedado bien
– Más de una vez, desayuno con una reunión de fondo porque no logré levantarme a tiempo
Ese mismo mes tuve la entrevista para obtener mi carné de discapacidad en CONAPDIS. La doctora me preguntó si en mi trabajo me daban más tiempo para finalizar mis tareas. Respondí, sarcásticamente:
—Ojalá.
Grecia me mostró cómo quiero sentirme.
Con más calma.
Con más espacio.
Con más presencia.
Y aquí comienza su búsqueda. 🌿



Deja un comentario