Una simple mañana

Imagina una mañana de sábado lluviosa.

Estás envuelta entre las cobijas y lo único que quieres es una bebida caliente, encender la tele y desayunar tranquilamente. Tal vez tomar una ducha larga, sin prisas.

Suena bien, ¿cierto?

Pero… ¿qué pasaría si no lo fuera?

Para una chica con ELA, quizás levantarse de la cama ya requiere pedir ayuda.

Tal vez imaginaste preparar una bebida como una tarea de cinco minutos, pero para ella puede sentirse como un deporte extremo: riesgo de caídas, quemaduras o cortes.

Ni qué decir de preparar un desayuno.

Ya ni siquiera recuerdo la última vez que me bañé sola.

Todas las mañanas mis primeras palabras suelen ser:

“Amor, ¿me ayudas a ir al baño?”

Y conforme pasa el día, muchas de las cosas que quiero hacer van precedidas de un:

“¿Me ayudas…?”

Es inevitable sentirse una carga en algún momento.

Y entonces me doy cuenta de algo curioso: disfruto profundamente aquellas pequeñas cosas que todavía puedo hacer sola.

¿Te imaginas un día “normal” sin tener que pedir ayuda?

Quizás tomaría una ducha eterna.

Me haría una trenza francesa de esas que tan bien me quedaban.

Prepararía una de mis recetas favoritas, tal vez lasaña.

Y, ¿por qué no?, iría a aquella clase de baile que tanto postergué.

Entonces me pregunto…

¿Por qué será tan difícil pedir ayuda?

¿Será la necesidad de verme fuerte?

¿Será para no incomodar a los demás?

¿O será simplemente resistirme a perder, poco a poco, el control de mi propia vida?

Frecuentemente tengo que recordarme que se puede ser fuerte y vulnerable a la vez.

Abrazar la realidad también implica aprender a aceptar la ayuda como un acto de amor.

Y a veces pienso… si fuera al revés, yo haría lo mismo.

Yo también ayudaría con amor.

Porque al final de cuentas, esto también se trata de aprender a dejarse amar.

Y vos…

¿estás evitando pedir la ayuda que necesitas?

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